Dos películas francesas para ver con la luz apagada y las vísceras encendidas

El cine gore es un movimiento estético que, a pesar de la marginación que le caracteriza, ha logrado proliferar fecundamente en un gran número de naciones. Desde Sudamérica hasta Europa Oriental, el mundo de la sangre y las tripas se ha vuelto un fenómeno que fascina a un gran número de directores y guionistas, mismos que han reinventado una y otra vez sus conceptos a lo largo de la historia. Cada nación pareciera tener un sello característico y propio en su forma de exponer el significado de la fragilidad humana. Rasgos distintivos que los dotan de identidad.

Es curioso pensar que Francia, siendo cuna de varias de las más grandes obras cinematográficas de la historia, se había encontrado, hasta hace poco, huérfana de una filmografía gore que pudiera llamar suya. Es entonces cuando, en la segunda mitad de la pasada década, surgieron dos obras que impactaron al mundo no sólo por su arriesgada y transgresora propuesta visual, sino porque reivindicaron al cine gore en su función más valiosa. Una vez más, este género se vuelve un microscopio por medio del cual el alma y la mente del ser humano quedan al descubierto en su más maravillosa complejidad. La primera es Instinto siniestro (2007), dirigida por Julien Maury y Alexandre Bustillo, mientras que la segunda es la incomparable  Mártires (2008), realizada por Pascal Laugier.

Instinto siniestro es una reflexión de la maternidad y la venganza. Pocas cosas son tan francamente angustiantes como ver a Alysson Paradis, indefensa y a punto de dar a luz, luchar por su vida contra una extraña mujer que, armada con unas tijeras y mucha determinación, ha decidido arrebatarle a su hijo aún no nacido. El resultado es una obra contundente que golpea sin recato al espectador, no sólo por su violencia, sino por las circunstancias estremecedoras en que ésta se desenvuelve. La escena final es una verdadera cátedra de la estética de lo macabro.

 

 

Por otro lado, Mártires nos envuelve en una exploración filosófica e incluso espiritual de la tortura y sus horrores. Trabajos surgidos del mainstream como Hostal y Saw palidecen frente a esta brillante producción no apta para sensibles. Y es que lo más sorprendente de Mártires es la forma en que el público consigue involucrarse con los personajes. Imposible no sentir verdadero pánico después de observar el pabellón de dolores que se esconde en el sótano de una “familia feliz y normal”.

Estos dos filmes bien podrían ser el comienzo de una vanguardia que reencuentre al género con sus raíces más honestas y propositivas, herederas de la socorrida pretensión que alguna vez tuvieron los cineastas del ultragore alemán por fusionar este estilo con el cine de arte. Esperemos que pronto surjan más trabajos que acompañen a estas dos cintas en su aventurada construcción de lo que muchos se han animado a bautizar como el nuevo ultragore francés.

 

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