El arte de regatear

Tal vez lo más encantador de las artesanías mexicanas es que, invariablemente, te recuerdan a esta tierra. Aunque existen aquí una variedad inmensa de pequeños tesoros hechos a mano, hay algo (elusivo para quien pretende describirlo) que las agrupa, tal vez es el trato a los materiales o el abanico surreal de colores. No estamos seguros.

¿Será una sensación que traen consigo? como de casero o familiar. Esto último no es extraño, pues en las casas de los tíos, los abuelos y, para algunos suertudos, los padres, aún hay tejidos tradicionales, ollas de barro y alebrijes oaxaqueños decorando los rincones. Al mismo tiempo, las tradiciones artesanales continúan vigentes y no solo porque hay creadores fantásticos que construyen delicadamente piezas hermosas; también porque muchas comunidades viven de este tipo de producción.

Y aunque el valor (material y simbólico) parece a veces haber disminuido, en realidad, para muchos sigue siendo inmenso. En esta falta de entendimiento cabe la práctica, muy mexicana por cierto, de negociar con labia e ingenio (a veces solo con rudeza) el precio de un producto. Extrañamente, este acto suele llevarse a cabo cuando se trata de comprar cosas hechas a mano (artesanías y alimentos hechos artesanalmente, por ejemplo) y no cuando hay un intermediario poderoso, estilo supermercado, de por medio. Pero regatear tiene feas consecuencias para los artesanos.

Lo que realmente sucede cuando regateas

El video de arriba muestra un “experimento social” realizado por el colectivo Mensajeros Urbanos. La idea es demostrar que hay una falta de conciencia tremenda sobre lo que implica el trabajo artesanal.

Cuando vemos un rebozo precioso, tal vez de lana de borrego y teñido a mano (típicos por ejemplo en Hueyapan, Morelos) y que está a la venta por 1000 pesos, si se nos hace caro en lugar de barato es porque no tenemos idea de lo que implica su existencia. Solo para producir uno de esos hay que trasquilar a los borregos; limpiar e hilar la lana; elaborar los pigmentos con frutas o plantas que fueron cosechadas a mano; teñir los hilos y tejer. Esto puede significar desde horas hasta meses de trabajo.

La idea de Mensajeros Urbanos es valuar las artesanías en horas, no en pesos. Así, los consumidores tienen que pensar en el precio justo para la dedicación y regatear, francamente, parece ya fuera de lugar. Según el blog de El País, Verne, y la Red de Artesanos y Productores “Manos Creativas”, el ejercicio de regatear le cuesta a los artesanos entre el 25 y 30% de la ganancia que normalmente deberían recibir, sin embargo, no pueden negar bajar el precio porque si no simplemente no venderían suficiente, ni siquiera lo necesario para cubrir el costo de las materias primas.

La delicia de regatear

Por otro lado, regatear también tiene su chiste. Y por supuesto no queremos darle buenos argumentos a los mezquinos, pero curiosamente el regateo es una de las pocas entradas que existen entre quien compra y quien vende para entablar una conversación auténtica, con tensiones, negociaciones y algunas risas, si quien está regateando lo hace con estilo.

En este país segmentado, donde los artesanos suelen estar ligados a una esfera social muy determinada y lo mismo para quien consume artesanías, este contacto es muy necesario. Incluso se podría considerar una especie de frivolidad no echar un poco de labia en plena transacción comercial, y tratar al vendedor con mucha distancia. Además, si no conversas y solo sueltas el pago, pareciera que francamente ni valoras tu dinero, ni te preocupa la historia que podría traer consigo el producto e incluso quien lo vende. Si algo tiene de rico regatear es precisamente la oportunidad de conectar con una persona a quien tal vez considerabas distante, pero que puede enseñarte mil cosas y, por qué no, aprender de ti también.

Por otro lado, si eres un experto en el estira y afloja conocido como regateo, por qué no jugar el juego y, cuando obtengas la simbólica victoria, que por cierto te permite conectar con otro, pagas al vendedor lo que el producto cuesta. El detalle sería precioso. Siempre y cuando te avientes a regatear con estilo.

El comercio justo es entre dos

Por último: tampoco se trata de que te vean cara de gringo. El comercio justo es también informarte y hacer valer tu compra. El regateo tal vez sea la variación gandalla de un ejercicio que sí es muy valioso: exigir derechos de consumidor. Siempre se vale preguntar por qué un producto cuesta, cuántas horas de trabajo implica, cómo está hecho, de qué materiales. A veces quienes venden no son directamente los productores y si tú decides amablemente no regatearles a ellos está bien, pero es posible que ellos se estén aprovechando de otra persona. Si sospechas, mejor no compres; si la procedencia de la artesanía o sus materiales no queda clara, busca a los artesanos que sí se permiten esa transparencia, porque las artesanías son joyas y sus creadores merecen que así se paguen.

***Vía Masdemx

 

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