FreeMusic Culture: La carta que todo apasionado de la música debería leer

band-silhouettePodría parecer que con el surgimiento de los servicios de streaming en los últimos años, consumir música en Internet de forma ilegal es cosa del pasado…

Eso no es del todo cierto por dos razones: en primer lugar, mucha gente aún descarga música en sitios que están fuera de la ley, como The Pirate Bay, o por una vía de distribución no autorizada en Youtube; en segundo lugar, el impacto económico que ha tenido la free-music culture en la industria musical ha sido tan masivo que ha cambiado tanto la forma de experimentar la música, como la forma de producirla y distribuirla.

Quiero enfocarme en los efectos que ha causado la cultura de la música gratuita en la producción. No imagino un mejor comienzo que citando la referencia a las palabras de David Lowery que publicó el Daily Finance en 2012. Lowery es músico, productor, matemático, analista financiero y corredor de derivados, así como profesor del programa Music Business de la Universidad de Georgia:

“Lowery nos pide que imaginemos un barrio en el que hay varias tiendas de discos, pero no cuenta con fuerza policíaca. Muchas personas roban material de estas tiendas porque saben que es improbable que lleguen a ser castigadas por el crimen. Las tiendas permiten el hurto debido a que pueden obtener ganancias al vender espacios en sus paredes para colocar publicidad, y así, eliminan el pago de derechos a los músicos.

Las tiendas de discos en esta fábula, dice Lowery, corresponden a los sitios de Internet que permiten bajar música de manera ilegal, como The Pirate Bay y Megaupload, que hacen dinero al vender espacios para anuncios a través de compañías como Google, que también lucran con este comportamiento oscuro. Todos reciben dinero menos quienes que crean la música.

Los efectos negativos de esa práctica no terminan ahí, opina Lowery. El comportamiento de los consumidores en este barrio sin vigilancia conforma el proceso de toma de decisiones de empresas como Spotify que, a pesar de ser legales, enfrentan un sin fin de problemas por las bajas regalías que pagan a los artistas.

La prevalencia de sitios ilegales para bajar música reduce el poder de Spotify y similares para fijar un precio justo al material discográfico, impulsándolos a recortar la compensación del artista. Asimismo, la disponibilidad de música gratuita les da a los músicos menos poder negociador. Considerando que su música puede bajarse sin pagar, son forzados a aceptar lo que les ofrezcan por su trabajo.”

El artículo se refiere a una carta abierta que Lowery le escribió a Emily White, como respuesta al post que la entonces becaria del NPR’s All Songs Considered publicara en el blog de NPR, donde presumió que tenía descargadas 11,000 canciones cuando sólo había comprado 15 CDs en su vida.

Lejos de atacar a White, Lowery reconoció que empatiza con las generaciones de jóvenes amantes de la música, muchos de los cuales probablemente sienten que algo en la cultura de la música gratuita no es éticamente correcto, aunque no logran indicar con certeza qué es lo que está mal. Explicó con claridad, no obstante, el porqué y el cómo perjudica esta práctica a los artistas:

“He enseñado a los estudiantes sobre los aspectos económicos de la industria de la música en la Universidad de Georgia durante los últimos dos años. Infortunadamente para los artistas, la mayoría comparte la misma actitud frente a la compra de música: existe una desconexión entre su comportamiento y la gran injusticia que ocurre. (…) Mis estudiantes justifican el hecho de dos formas típicas:

‘Está bien no pagar por la música porque las disqueras esquilman a los artistas y no les pagan’. En la mayoría de los casos, esto no es cierto. Los contratos especifican las regalías y los anticipos que pagan a los músicos. (…) No sólo pagan a los artistas, sino que apuestan por ellos. (…) Además, casi todos los artistas produce sus álbumes de forma independiente hoy en día (…) de modo que les están quitando el dinero directamente a los artistas. (…) Aun en el caso de que las disqueras los produzcan y distribuyan, ¿no deben recibir algo por realizar las apuestas que te proveen del material que disfrutas?

Los artistas hacen dinero en el camino.
En la mayoría de los casos no es así. Hasta hace poco, de hecho en las giras perdían dinero. La idea era que los artistas se recuperaran de esas pérdidas a través de la venta de discos. La ecuación se ha revertido debido al streaming. Ahora, las giras les permiten financiar la producción de sus álbumes si corren con mucha suerte. De otra manera, sacan de su bolsillo para producirlos.
En los últimos doce años he visto a muchos artistas colapsar.”

Lowery también ahonda en lo que a mi juicio es el punto central del tema, algo más filosófico:

“Las preguntas existenciales que las nuevas generaciones deben responder son las siguientes:

¿Por qué valoramos tanto la red y el equipo en los que descargamos la música, pero no valoramos la música en sí?

¿Por qué estamos dispuestos a pagar por computadoras, iPods, smartphones, acceso a Internet de alta velocidad y los mejores planes, pero no por la música en sí?

¿Por qué entregamos con gusto nuestro dinero a algunas de las más grandes compañías del mundo, pero no a las compañías y a los individuos que crean y venden la música?

(…) Muchos jóvenes de estas generaciones están dispuestos a invertir un poco más en una marca de café porque asegura que paga a los agricultores un precio justo. Muchos presionaron a Apple para que examinara las condiciones de trabajo de Foxconn en China. Estas generaciones son en gran medida responsables de los cambios culturales que han llevado a lograr una mayor equidad en muchos temas. En casi todos los aspectos, son más éticas y justas que las anteriores. Excepto en una cosa: los derechos de los artistas.”

Estos argumentos han modificado mi opinión sobre el tema. La ilusión de lo “gratuito” es poderosa: ¿dónde está lo racional en pagar por lo que puedes obtener sin costo? Si pensamos así, debemos dejar de juzgar a los “banksters”, a los políticos corruptos y a los narcotraficantes, ¿no es cierto? ¿No? ¿Por qué no?

Recuerdo que cuando era niña ahorraba hasta el último peso para comprar los CDs de mis artistas favoritos (‘This Time Around’ de Hanson y ‘Oops! I Did It Again’ de Britney Spears, mis primeras adquisiciones). Después, como pasó con todos los de mi edad, el sucesivo descubrimiento de Napster, Kazaa, Limewire, Torrent, etc., transformó mis hábitos musicales, lo que duplicó y hasta triplicó mi consumo diario de música. La verdad es que usaba las excusas 1 y 2, entre otras, para justificarme y no considerar mi comportamiento lo que hoy tengo claro que era: robar.

Spotify fue el siguiente juego: “¿Me estás diciendo que por 10 dólares al mes puedo escuchar toda la música que quiera de manera legal y que los artistas voluntariamente ponen ahí su música y reciben un pago? ¡Hecho!” Dejé de bajar música de sitios ilegales. Sin embargo, desde el momento en que muchos artistas, algunos que admiro profundamente, se oponen a subir su música en Spotify, comprendí que algo no está bien con ese negocio: la compensación que reciben los artistas.

¿Mi solución personal? Una mezcla de Spotify y vinil. Uso de forma masiva Spotify para descubrir música nueva, y cuando me gusta algo, lo compro en vinil. De esa forma trato de compensar justamente a los artistas cuyo trabajo disfruto, lo que me hace feliz y supongo que a ellos también. En el camino descubrí que escuchar música en discos de vinil es la forma más orgánica y hermosa de hacerlo. Son caros, pero prefiero recortar otros gastos. Honestamente, si valoro la música más que casi cualquier otro bien de consumo, debo manejar mi presupuesto en concordancia. Muchos artistas suben material a Bandcamp y Soundcloud, así que también uso esas plataformas.

Cuando una industria es sobrepasada por los cambios culturales y tecnológicos no soy partidaria de que exista ningún tipo de proteccionismo o subsidio. Si la gente no demanda más un producto, el paso lógico es desaparecer. Ése no es el caso de la música. Millones de personas la disfrutamos y valoramos cada vez más. El tema es que hoy en día la tecnología nos facilita robar o pagar cantidades ridículas por algo sin ser castigados. ¿Debemos hacerlo?

***Vía revistamira

 

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