Consumir no para estar bien, sino para no estar mal

Posiblemente muchos de nosotros conozcamos a alguien al que una adicción le haya arrebatado sueños, trabajo, amigos o la voluntad misma. En definitiva, personas a las que una adicción les ha arrebatado lo mejor de su vida. En ocasiones una sustancia puede arrasar con una generación entera, como ocurrió con el consumo de heroína en los años 80 en España y sus nefastas consecuencias en la juventud de la época.

Normalmente al pensar en adicción pensamos en sustancias, sin tener en cuenta el hecho de que existen claras adicciones en las que no se consume una sustancia. Sin ir más lejos, el juego patológico ha dejado de considerarse un trastorno del control de los impulsos para encuadrarse dentro de los trastornos adictivos.

Por otro lado, están las drogas legales e ilegales. Esta denominación denota la gran hipocresía de la sociedad y lo absurdo del estigma que existe alrededor del consumo de ciertas sustancias y la aceptación e incluso beneplácito que hay con otras sustancias legales pero no por ello menos perjudiciales, como el alcohol o los tranquilizantes.

Aunque ciertos tipos de consumo y sus consecuencias en la población hayan sido más llamativos y letales, no debemos confundir drogas ilegales con drogas letales, ni drogas legales con drogas menos perjudiciales. Lo que hace que una sustancia sea perjudicial no es la sustancia en sí, sino el patrón de consumo que establecemos con ella.

En la vida, los extremos casi nunca son buenos. Con el consumo de una sustancia sucede lo mismo: es el excesivo consumo de una sustancia lo que la convierte en perjudicial, no la sustancia en sí.

ay indicadores, como la abstinencia y la dependencia, que pueden sugerirnos que el consumo de una sustancia comienza a ser problemático, ya sea con una sustancia como el cannabis o con otro tipo de actividad, como las máquinas tragaperras. También es importante el concepto de tolerancia, refiriéndose al hecho de necesitar cada vez más cantidad de una sustancia para conseguir el mismo efecto.

Ya sea por la necesidad imperiosa de estar mirando continuamente el móvil o por la sensación de que sin un porro no puedes llevar a cabo el día con normalidad: en una adicción eres dependiente y abstinente de lo que deseas consumir.

Los mitos del consumo y la hipocresía de la sociedad
Como en cualquier otro ámbito del comportamiento humano, el consumo tampoco está libre de hipocresía y de juicios de valor poco rigurosos y ajustados a la realidad. Mientras que el consumo de cannabis a veces se asocia con marginalidad y degradación, el consumo de algunas benzodiacepinas por parte de la población se describe como “un asunto médico”.

Fumarse un porro y tomarse un hipnótico tienen el mismo efecto, son drogas depresoras del sistema nervioso central. ¿Por qué a veces se estigmatiza a un consumidor y se compadece a otro?

Vivimos en una sociedad en la que el consumo de benzodiacepinas y medicamentos hipnóticos se ha disparado en los últimos años. La crisis económica, el estrés y la cada vez más preocupante falta de contacto personal propician un consumo institucionalizado, legal y en soledad de muchas personas que buscan adormecer su malestar de cualquier forma.

La adicción: no consumimos para estar bien, sino para dejar de estar mal
Existe un fenómeno muy curioso y llamativo en el consumo de una sustancia y que está sobradamente contrastado por diversos estudios: el hecho de que en un principio consumamos para obtener una consecuencia positiva y que con el paso del tiempo consumamos solo por evitar algo desagradable.

La adicción se establece por un proceso relativamente básico: el patrón de consumo empieza para conseguir un reforzador y se mantiene para evitar las consecuencias negativas derivadas de la falta de esa sustancia. Pongamos el ejemplo de las pastillas para dormir o hipnóticos. En un principio una persona puede consumir para lograr conciliar el sueño, para relajarse.

La adicción se reflejaría en el hecho de que el patrón de consumo cambiase, porque ya no se consume para lograr conciliar el sueño en un momento determinado, sino para evitar el grado de malestar y agitación que se deriva de no poder consumir la pastilla “mágica”.

Las adicciones se adquieren por reforzamiento positivo y se mantiene por reforzamiento negativo: por ejemplo, empezamos a beber un día para ser más desinhibidos, seguimos bebiendo porque ya no sabemos socializar sin sentir los efectos del alcohol y puede llegar un punto en el que simplemente bebamos por evitar el malestar que nos produce el no estar bebiendo, la simple ausencia de la sustancia.

También tenemos que ser conscientes del tipo de efecto de determinadas sustancias: existen ciertas drogas lúdicas que por sus efectos y por el contexto en el que se suelen consumir no suelen provocar dependencia, como los alucinógenos. En cambio, otras sustancias que se consumen en otros contextos y por sus propios efectos en el organismo aumentan el riesgo de dependencia como el alcohol o el cannabis.

Ser conscientes del problema y pedir ayuda a tiempo
Es difícil que uno mismo dé el paso fundamental de reconocer que es adicto a una sustancia, si bien cualquiera de nosotros podemos darnos cuenta de cuando empezamos a “no poder vivir” sin una determinada sustancia.

En la actualidad es posible encontrar tratamiento sin sufrir el estigma que muchas comunidades terapéuticas y centros de intoxicación han proyectado sobre las personas que padecen alguna adicción: seres humanos sin voluntad que deben recluirse y someterse a un programa estricto para volver a recuperar hábitos saludables.

Ingresar en comunidades terapéuticas y centros de desintoxicación es una opción que puede funcionar con ciertos perfiles de politoxicómanos, con muchas parcelas de su vida deterioradas y con una absoluta incapacidad de alejarse de los ambientes que elicitan el consumo. Pero este perfil, aunque existe, es cada vez más minoritario.

Recientemente otras perspectivas han surgido y han caído en la cuenta de que cualquier persona puede verse envuelta en una adicción si no posee las redes de apoyo necesarias y que debe recuperarse atendiendo a programas conductuales y familiares que no lo alejen de su entorno, sino que logren modificar el tipo de relación que la persona tiene con él.

Debemos buscar ayuda cuando sintamos que no controlamos un consumo. Ya sea un consumo que esté legalizado o no, público o privado, referido a una sustancia o a una actividad en concreto. Al fin y al cabo, se trata de llenar tu vida de acciones valiosas que arrinconen la posibilidad de verte sometido al cannabis, a los juegos de azar con dinero de por emdio o a un mensaje de texto.

***Vía Lamenteesmaravillosa

 

Noticias