El Síndrome de Peter Pan

dt.common.streams.StreamServerAunque no hay evidencia clínica suficiente para acreditar que el denominado “Síndrome de Peter Pan” (SPP) sea una condición psicológica con entidad propia y todavía no figura en el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, considerado la “Biblia de la psiquiatría”, basta con mirar alrededor para descubrir algún individuo que encaja en su descripción.

Son personas que viven en un cuerpo de hombre adulto con la mentalidad de un niño, se niegan a dejar atrás la adolescencia, se resisten a adquirir las responsabilidades que conlleva la etapa madura, y en vez de a orientar su vida en una determinada dirección, optan por anclarse en una “juventud” psicológica y en la comodidad de afrontar el día a día sin llegar más allá.

Quizá no tenga que mirar muy lejos para descubrir un “Peter Pan”, ya que puede ser tu propia pareja. En ese caso tienes un problema, porque compartir un proyecto de vida con alguien que es incapaz de sacrificar o apartar el hedonismo propio de la juventud para conseguir unas metas a veces difíciles, no sólo produce frustración sino que acaba convirtiéndose en un lastre.

Además, es difícil que esa persona se haga consciente y acepte que tiene un problema de madurez, porque aquellos que sufren el SPP tienden a culpar a los demás de lo que les ocurre a ellos. Es algo similar a convencer a un adolescente de que no tiene razón “en todo” y que lo que le sugieren sus mayores es por su bien.

El nombre de este trastorno ha sido incorporado a la psicología popular desde que el psicólogo norteamericano Dan Kiley publicó en 1983 el libro titulado “El Síndrome de Peter Pan: los Hombres que nunca crecen”.

El doctor Kiley incluyó en este síndrome al conjunto de rasgos que tiene aquella persona que no sabe o no puede renunciar a ser hijo para empezar a ser padre. Pese a que el problema se produce en ambos sexos y a todas las edades, es mucho menos frecuenten la mujer, cuando se denomina “Síndrome de Wendy”.

El nombre del síndrome se debe a las características de personalidad del protagonista de la obra Peter Pan, escrita por el novelista escocés James M. Barrie, la cual transcurre en el país imaginario de “Nunca Jamás”, donde el lema de los niños es “no querer crecer nunca”.

Hijos que nunca se marchan de la casa paterna, cuarentones con una vida social propia de un adolescente, con amistades y grupos mucho más jóvenes que ellos. Los “Peter Pan” son de personas que, pese a haber alcanzado la edad adulta, son inmaduros emocionales y no quieren afrontar las responsabilidades que conlleva edad biológica real.

Son adultos sólo en apariencia porque su actitud continúa siendo la de alocados niños y adolescentes. Son incapaces de crecer, y su alegría y seguridad suelen ser una máscara que esconde su inseguridad y temor a no ser queridos.

Aunque pueden camuflarse durante algún tiempo, es fácil terminar reconociéndolos, ya que su comportamiento presenta una serie de características singulares.

Les seduce más la juventud, que suelen idealizar, que su momento real de madurez, tienen un gran miedo a la soledad, y además son personas inseguras, aunque no lo demuestren o aparenten lo contrario.

Son personas que se centran en recibir, pedir y criticar más que en dar o hacer, evitan comprometerse porque creer que el compromiso es un obstáculo para su libertad, suelen tener al lado a otra persona que cubre muchas de sus necesidades básicas, y vive centrados en sí mismos.

Aunque disfruten de prosperidad profesional o económica, sienten que su vida no tiene la firmeza ni la estabilidad que le gustaría, y permanecen insatisfechos con lo que tienen, pero no toman iniciativas ni hacen nada para solucionar su situación.

Para solucionar este trastorno, lo primero es que el propio afectado sea capaz de darse cuenta de que su actitud no es normal ni adecuada y asumir que tiene un problema”, lo cual no resulta una tarea sencilla, porque quienes sufren este síndrome, culpan y hacen responsables a los demás de todo cuanto les sucede.

En muchos casos, los “Peter Pan” no asumen su responsabilidad, hasta que sienten en carne propia las consecuencias negativa de sus actos, lo cual los lleva a pensar en que necesitan cambiar de actitud.

Dado que las conductas repetidas durante muchos años no se modifican fácilmente, suele indicarse un tratamiento psicológico, comenzando con una terapia de pareja o de familia, porque el problema no se encuentra sólo en uno de los integrantes de la familia o la pareja, sino que quienes le rodean suelen favorecer y reforzar inadvertidamente, los comportamientos inmaduros del afectado.

***Vía Univision

 

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