“La música clásica está a punto de morir”Oleg Karavaichuk

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Protegido por Stalin y censurado luego hasta los años 80, el único músico autorizado a tocar el piano imperial del Hermitage visita Pamplona para presentar un documental sobre su vida. Todo un mitoFue un niño prodigio y compuso cerca de 200 bandas sonoras de películas soviéticas.

Oleg no mira. Oleg enciende la mirada delante de su interlocutor y deja que la llama consuma cada una de las palabras. Suena poético y, en realidad, es puro incendio. Prosaica y hasta banal apología del fuego. Oleg Karavaichuk, para entendernos, es un hombre de 88 años, pianista, compositor, teórico de la destrucción e inventor de cenizas. Además, y esto es lo que le coloca junto a la herida de los mitos, es el único músico sobre la Tierra autorizado a tocar el piano, una pieza única, que los zares dejaron camino de la muerte como testigo insobornable de la ruina de su imperio; un tesoro entre el oprobio, la vergüenza y el orgullo que custodia el Hermitage de San Petersburgo.Ayer, Oleg paseaba por Pamplona.

Era la segunda vez que pisaba España. La primera, hace un par de años, fue acompañado por el director de cine Andrés Duque. Era la primera vez que salía de Rusia. Juntos visitaron el Museo del Prado con la intención de acercarse a las pinturas de El Bosco. “Así le conocen en Rusia. Con el sobrenombre de El Bosco. ¿Por qué? Esa es una larga historia que algún día contaremos”, dice el cineasta entre el misterio y la carcajada. A su lado, Oleg cuenta que los niños españoles le miran. Y se ríen.

Oleg luce una gorra cerca de la boina que se vence a un lado. Como un santón profano, Oleg agita los brazos delante de la mirada mientras pasea. Oleg declama y el traductor sufre. “Los niños me miran como yo miraba el mundo a su edad. Esa mirada ya lo sabe todo. No necesita más. Cada segundo que pierdas en educarla es un paso que das hacia la muerte”, comenta Oleg. Y le creemos. Aunque sólo sea porque nos mira. Muy fijamente. Demasiado quizá. Su presencia en la capital navarra se debe a la película Oleg y las raras artes. La cinta es la encargada de inaugurar Punto de Vista, el Festival Internacional de Cine Documental de Navarra.

El último trabajo de Duque, como el retrato que tiempo atrás compuso de Iván Zulueta, es un consumado esfuerzo de experto entomólogo. Paciente, la cámara se queda detenida ante la esperanza de una fractura; un resquicio por el que asome la lejana sombra del sentido. La idea vuelve a ser capturar el instante exacto en el que el hombre, siempre un personaje en el límite, enseña la frontera misma no ya de su existencia sino de la posibilidad misma de vivir. Y ahora la pregunta. ¿Quién es Oleg? “Eso es lo que trato de descubrir en la película”, comenta enigmático Duque. Sobre el papel, estamos delante del compositor de cerca de 200 bandas sonoras de películas rusas o, mejor, soviéticas.

Hablamos de un músico que al cumplir los siete años era ya un prodigio del piano; un hombre que se ganó el favor de Stalin y que, como tantos otros, disfrutó del privilegio de una casa en Komarovo donde la dictadura halagaba a la vez que recluía a sus artistas. “Lo curioso y lo trágico a la vez”, cuenta Duque, “es que tras interceder ante el dictador para que liberase a sus padres deportados, pesó sobre él una censura que sólo se levantó en la época de la glasnot allá en los 80. Fue mimado por el régimen con el mismo fervor con el que fue silenciado”. Y es ahí, en la esquizofrenia de una vida oculta y gloriosa a la vez, donde se deja ver Rusia entera.Oleg no habla de política. O lo hace a su manera.

Acusa a Putin de no haber asistido al aniversario del Hermitage. “¿Qué puede haber más importante en el mundo que contemplar el horizonte de la Historia desde una sala del museo?”, comenta, baja los brazos un instante y sigue: “Europa entera está a punto de morir porque ha perdido el alma. Eso ocurre exactamente igual en Rusia. Ya no queda nada del deseo de ser uno mismo. Todo se diluye, todo se pierde. Ves que todos los paisajes son iguales; todos con plantas criadas en Holanda… En España, sin embargo, veo cierta esperanza. La siento”, dice, quién sabe si por halagar de forma ingenua al entrevistador. Explicarle la situación de aquí, traductor mediante, se antoja imposible.

Así que desistimos de quitarle la razón.”La sociedad actual vive únicamente para estar y sentirse confortable, cómoda. Y eso es malo. Se ve en la música. Ya sólo se compone música para agradar. Y la gente aplaude así [imita un bracear torpe] sin darse cuenta de qué aplaude su ruina”. Así es Oleg. Divaga hasta que una frase, siempre iluminada, echa a arder.”Me encontré con su nombre viendo la película de Kira Murátova El largo adiós. Durante tiempo estuve persiguiéndole. La sola idea de hacer una película le resultaba fuera de lugar, improcedente. Hasta que una vez que fui en su busca, por casualidad, tanto él como yo, como una tercera persona que acudía a la cita íbamos todos vestidos de azul. La coincidencia dio de sí lo suficiente para que empezara a confiar en mí”, recuerda Duque.

Lo que siguió fue un raro prodigio en forma de película que no sólo descubre a un personaje único, irreverente e indomesticable sino que, a su través, deja adivinar la historia entera de un país, quizá de un continente. Durante años, ajeno a todo, Oleg fue recopilando su vida en cuadernos apretados. Acumulando un castigo de silencio prolongado durante décadas. La cámara de Duque se limita a seguir el andar errático de un hombre entregado a fundar un universo en cada monólogo. Y es ahí, en la virtud de la extrañeza, donde la película acaba por dar con el alma quizá de un siglo entero. “La música clásica va camino de morir. Los directores han olvidado el sentido mismo de su oficio hasta dejarse arrastrar por el espectáculo”, comenta, y acto seguido tararea un fragmento de Ravel en su versión equivocada y, a su juicio, más común. “¿Entiende dónde está el error?”.

Todos los días que el museo cierra, Oleg entra en el Hermitage y compone. Compone sin escribir una nota. “Yo no improviso. Dejo que la música fluya entera en mi cabeza y luego la interpreto”, dice. Poco a poco, su figura ha acabado por confundirse con el mito. Tiempo atrás, una cita obligada para todo hombre de bien era acudir cada inicio de semana al palacio a escucharle. Todo melómano de San Petersburgo se citaba a los pies del gran piano imperial, que no de la Filarmónica, y allí asistía al prodigio único de Oleg. Y allí sigue. “Todo instrumento musical debe contar su historia. La historia de Rusia está en cada nota de ese piano”, concluye. Oleg no mira. Oleg incendia universos con la mirada.

***Vía ElMundo

 

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